29 octubre 2006

Epílogo


Como epílogo del que para mi ha sido uno de los viajes más memorables que he realizado, por lo exótico del país y por la muy grata sorpresa que supuso la belleza de los lugares visitados, quiero resumir en los siguientes apartados las incidencias o puntos a destacar. Las fotos que acompañan este blog no reflejan sino una mínima parte, y nunca con la fidelidad del original, las imágenes que durante el itinerario pudimos contemplar.

La Organización. De Travelplan debo decir que no me gustó su organización en el día de la salida; nos hizo perder demasiado tiempo en esperas, no cumplió con ciertos “regalos” que prometía en su catálogo y no se dignó responder a un email que le dirigí en el que exponía algunos comentarios negativos que consideraba justos. Por el contrario, mientras estuvimos en China, todo fue correctamente; los guías amables y atentos. Los desplazamientos por las ciudades y dentro del país muy bien.

El Viaje. Los vuelos de Madrid Beijing y viceversa, se caracterizaron por una demora de tres horas en ambos casos, por lo demás fueron tranquilos y sin ningún incidente digno de mencionar. Los vuelos interiores, fueron cinco, los hicimos con toda normalidad en modernos aviones, con bastante puntualidad y perfectamente atendidos.

Los Hoteles. Todos acordes con la categoría de cuatro estrellas si bien algunos mejores que otros. En Beijing, el Hotel Tian Tan, bastante bien situado y con un buffet para el desayuno de lo más completo que uno puede imaginar. En Xian, el Hotel Aurum, céntrico y con un buen restaurante. En Guilin el Hotel Plaza, irreprochable en sus instalaciones y servicios. En Guangzhou estuvimos en el Hotel Landmark, prácticamente a orillas del río, con unas vistas panorámicas preciosas. En Hong Kong nos alojamos en el Hotel Kowloon, también muy céntrico y con muy buenos servicios. En Shanghai, este fue el garbanzo negro de los hoteles; el Hotel Home, mal situado, en una zona donde no había restaurantes para poder comer, habida cuenta que el hotel carecía de comedor y de bar (sólo servían el desayuno).

La comida. Puedo decir sin ningún tipo de ambages que comí razonablemente bien; la pasta la hacen deliciosa, y algunos tipos de verduras eran exquisitos, amén de las alitas de pollo, o las gambas, o las sopas. La cerveza del país notable.

El circuito. Fue todo interesante pero demasiado apretado y, sobretodo, mucho tiempo muerto en traslados y aeropuertos. Particularmente eché en falta tiempo para deambular por las calles céntricas y las avenidas, paseando tranquilamente y observando a mi alrededor. Beijing me encantó, como gran ciudad que es, con una población de 8 millones, más los transeúntes que hace que se acerque a los trece; pulcra y ordenada, salvo en el tráfico, con sus espaciosas avenidas y sus edificios vanguardistas; hasta las farolas de alumbrado público, con su diseño modernista, atraen poderosamente la mirada; el lago Kunming al anochecer, lleno de terrazas abarrotadas de gente, tomando un piscolabis y haciendo tertulias. Xian de noche me fascinó, con cerca de 6 millones de habitantes, y centro histórico amurallado, recoge alrededor de la plaza de las torres de la Campana y del Tambor, un hervidero de gente que llenan de color el ambiente, haciéndolo casi mágico. Guilin fue un ensueño; ciudad de 650 mil habitantes, es recorrida por el río Lijiang, de 473 Km. a lo largo del cual se dan lugar esas formaciones orográficas tan peculiares y cambiantes, para deleite de la vista; también destaca, por la noche, el paseo por la orilla del lago Shanshu, desde el que se contemplan las dos pagodas iluminadas. De Guangzhou vimos apenas nada aunque se vislumbraba una gran ciudad; con casi 7 millones de habitantes es atravesada por el río de las Perlas que, con sus 2.200 Km., es el tercer río más largo de China, después del Yangtze y del río Amarillo. De Hong Kong que decir, la sinfonía de luz y sonido desde el paseo de las estrellas, es indescriptible. Shanghai, trece millones de habitantes, más de 4000 rascacielos; el río Huangpu, de 97 Km, la abre en dos zonas perfectamente definidas: el Pudong en la orilla este del río, zona de nuevas construcciones y distrito financiero; el Bund, en la orilla opuesta, zona del malecón, donde se conservan los edificios más aristocráticos y la nostalgia de una parte de la vieja Europa; el barrio francés, enclave lleno de terrazas y restaurantes al más clásico sabor parisino, o de cualquier gran ciudad europea. En el Pudong, a donde se llega en ferry, se encuentra el edificio Jin Mao; con sus 420 mts. es el quinto más alto del mundo; sus ascensores toman la velocidad de 9,1 m/s subiendo hasta el piso 88, donde se encuentra un mirador capaz de acoger a mil personas, en 45 segundos. También Shanghai dispone del Tren Bala, tren de tracción magnética, que une la ciudad con el aeropuerto, situado a unos 30 Km. en ocho minutos, alcanzando una velocidad punta de 450 Km/h.

Las compras. Para quien disfruta comprando barato, China es un paraíso, pero ¡ojo! que acostumbran a dar gato por liebre, aunque la gente ya esta avisada y sabe qué es lo que en realidad está comprando. Las imitaciones están conseguidas perfectamente aunque la calidad es evidente que apenas cubre unos mínimos en algunos casos. Nos comentaban los guías que existen tres clases de imitaciones: C, B, A, siendo esta última la mejor y, por supuesto, la más cara. Destacan las prendas y tejidos, pues tanto el algodón, como la seda, son bastante aceptables.

En resumen, debo decir que ha sido un viaje muy completo y en el que hemos disfrutado de todos sus encantos, por lo que puedo añadir que lo recomendaría a todo aquel que me preguntara. Ahora bien, de todo lo visto me quedaría con los siguientes puntos, para mi de un interés manifiesto: Beijing, Guilin, Hong Kong y Shanghai.

Este epílogo lo acompaño de algunas fotografías bajadas de Internet, de autoría anónima, pero de gran belleza, que reflejan lugares por los que nos movimos.

28 octubre 2006

Días 15-16 Shanghai - Beijing - Madrid


Día 15. Shanghai – Beijing

Esa mañana, durante un par de horas, la dedicamos a pasear por las avenidas y calles próximas al Hotel, distintas al centro turístico del malecón, resultaban anodinas y como podrían corresponder a cualquier gran urbe sin peculiares atractivos, salvo la gran cantidad de gente que se veía por todas partes.

Después de comer en un restaurante ubicado junto a un entramado de autovías a distintos niveles el autobús nos llevó hasta la estación del tren “bala”, que une la capital con el aeropuerto, para tomar el avión que nos dejaría en Beijing.

Este es un tren de suspensión magnética, diseñado en Alemania y está rodando en plan experimental, según nos comentaron. Realiza el único recorrido Shanghai-Aeropuerto (y viceversa), de 30 Km. en ocho minutos, alcanzando una velocidad punta de 450 Km/h. La experiencia es notable pues se puede ver, por medio de los indicadores, la velocidad que el tren va alcanzando y el tiempo transcurrido y sólo cuando se pasa de los 300 km/h se empieza a notar cierto tembleque, como si se circulara por una vía bacheada, aunque realmente no existe rozamiento físico “ruedas-vías” puesto que el tren se desliza en un campo magnético.

El vuelo fue tranquilo y aterrizamos a media tarde. En la terminal nos esperaba Hojita Bonita, Alicia, a la que saludamos con afecto. Llegamos al hotel y después de una agradable ducha nos fuimos dispuestos a cenar como Dios manda.

A pocos minutos del hotel, habíamos localizado un gran restaurante, muy bien montado, con muy buena pinta, y a el nos encaminamos. Entrando, al centro había una serie de mostradores con comida, de todo tipo, como precocinada; ensaladas, postres. A la izquierda estaba distribuido el pescado y el marisco, y hacia allá nos dirigimos. Después de echar el ojo a los productos nos decidimos. Encargamos una fuente de camarones, gordos, magníficos; un lenguado y un rape, frescos fresquísimos; y como colofón una langosta, la más grande del acuario, pesó más de tres kilos.

Ahora, los cinco estábamos a la expectativa de cómo nos prepararían los manjares solicitados. Aunque, con la camarerita china que nos atendió, por cierto encantadora profesional, nos podíamos entender en inglés no las teníamos todas con nosotros.

Comenzaron por los camarones, rojos, parecían lacados como las puertas de los templos visitados, gordezuelos y duritos, con un sabor exquisito que empezó a hacer que nos congraciáramos con el cocinero y su séquito; seguidamente trajeron los dos pescados, no sé como estaban hechos, pero los sirvieron sobre unas salsas que les conferían un sabor claramente original; lomos estupendos, blancos, sin espinas, deliciosos. Por último el plato reina: la presentación fue asimismo espectacular, pues la trajeron empleando como fuente un barco de madera, de 50 ó 60 centímetros. de largo. La langosta estaba troceada, no a rodajas sino a trozos, con su cáscara, y cada trozo que cogíamos llevaba adherido un pellizco abundante de carne blanca y jugosa. Debajo de la pieza un lecho de tallarines cocidos con el jugo en que se había hecho el marisco, dándole a todo un sabor incalificable por lo rico que nos supo. Fue una cena opípara, de disfrutar, sobre todo por lo buenas que nos supieron todas las viandas. Tomamos postres, bebidas y cafés y la cuenta total subió a unos 1200 yuanes (120 €).


Día 16. Beijing – Madrid

Este fue nuestro último día y, como tal, con apenas incidencias que narrar pues salvo unas horas por la mañana el tiempo se dedicó al viaje.

Ese par de horas de que dispusimos nos dedicamos a pasear por las avenidas próximas al hotel llegando a una zona en la que descubrimos uno de los célebres hutongs, barrios populares, donde la anchura de las calles va de los cinco metros, las principales, a los dos metros. Pudimos ver ejercer el oficio de peluquera femenina en una de las calles, al aire libre; la gente amable respondía a nuestro saludo con el suyo, “ni jao”.

El vuelo lo hicimos como la inicio, es decir, con Air Europa y, al igual que entonces, salimos tres horas tarde. Esta vez el comandante se disculpó, diciendo que la causa del retraso era el mal tiempo (es cierto que antes de embarcar soplaban vientos fuertes racheados, precursores de un tifón).

Fuimos acompañados por 17 bebés, producto de otras tantas adopciones y hubo momentos que la cabina parecía una guardería. Procuré relajarme pero debo decir que no me fue demasiado fácil.

Llegábamos a Madrid a las 21,30 hora local.

26 octubre 2006

Día 14. Shanghai



Comenzamos el día visitando el Bazar de los Jardines de Yu, lugar que ocupa dos hectáreas y que recoge una serie de calles, llenas de tiendas y restaurantes, además de un pequeño lago, sus mini puentes y edificios típicos, con elementos de la jardinería china, creándose un conjunto con gran variedad de bellos rincones, que son un regocijo para al caminante.

Después de la comida visitamos el Templo del Buda de Jade; es el templo budista de mayor renombre y fue construido para acoger las dos estatuas de Buda, de jade blanco, transportadas desde Birmania por el monje Hui Gen. Una de las estatuas mide dos metros de altura y pesa unos mil kilogramos. Al igual que la mayoría de los templos y edificios oficiales, el color rojo, en sus puertas y ventanas, junto con la disposición de sus tejados dominaba en las estampas contempladas.

Al anochecer hicimos un recorrido en barco por el río Huangpu pudiendo apreciar las dos orillas de la ciudad: El Bund, la Wall Street de Shanghai, concentra los edificios más emblemáticos del siglo pasado con tendencias, de estilo neoclásico, claramente europeas; el Pudong, en la orilla opuesta, es la referencia del Shanghai moderno, con edificios vanguardistas que acogen empresas, oficinas, bancos, bufetes, etc. Es el Trade Center de la ciudad.

Finalizado el recorrido en barco, parte del grupo decidimos subir al mirador del edificio Jin Mao. Situado en el Pudong es el edificio más alto de la ciudad y con sus 440 m. el quinto más alto del mundo. El mirador se encuentra en el piso ochenta y ocho y tiene capacidad para unas 1.000 personas. El ascensor se desplaza a una velocidad de 9,1 m/sg., pudiéndose ver el indicador de situación contar de cinco en cinco los pisos subidos.

Una vez en el Observatorio la vista de la capital es impresionante al poder apreciar, a ojo de pájaro, las azoteas de los casi 4.000 rascacielos que hay en esta ciudad; las avenidas iluminadas, los edificios nobles del Bund, los reflejos de colores en el lecho casi negro del río, en fin una completa sinfonía de color y arquitectura.

Posteriormente dimos un paseo por el barrio francés. Lugar lleno de tiendas y cafés, con terrazas en la calle, atestadas de gente tomado alguna bebida, en un ambiente totalmente agradable que daba pie a imaginar que estabas en una zona de copas de cualquier ciudad moderna europea.


24 octubre 2006

Día 13. Hong Kong – Shanghai

Este día lo destinamos prácticamente al viaje, pues por el hecho de tener que facturar el equipaje y tener que pasar la aduana, el tiempo destinado a estos menesteres hizo que mermara el dedicado a pasear por la ciudad. No obstante aún tuvimos tiempo de volver por las calles comerciales, comprar unas corbatas de seda y dar un último adiós a la isla de Hong Kong desde el bonito paseo de Kowloon, frente a la misma.

Llegábamos a Shanghai al atardecer, habiendo comido en el avión, yendo directamente al hotel donde quedamos registrados e instalados.

Debo decir que la entrada a la ciudad, desde el aeropuerto, al contrario que en Beijing, me sorprendió negativamente pues el dominante que se apreciaba eran las autovías a varios niveles y edificios industriales y antiguos, con bastante desaliño en sus fachadas.

El Hotel HOME de Shanghai ha sido el suspenso, en lo que a hoteles se refiere, que se le puede dar a TravelPlan. El lobby, o vestíbulo, por su tamaño más se parecía al de una pensión que al de un hotel; si bien el dormitorio era aceptable el baño, moderno y con detalles, era minúsculo e incómodo; no tenía restaurante, aunque había un salón habilitado para los desayunos tipo buffet; la situación del mismo fatal ya que no había posibilidades de encontrar un restaurante medianamente clasificado, en sus alrededores.

La tarde noche de llegada tomamos un taxi, por cierto muy baratos, y le pedimos que nos llevara al Bund, el Wall Street de Shanghai, la zona antigua a orillas del río Huangpu, donde los edificios señoriales de la época pasada, bellamente iluminados, se apoderan de la atención de los viandantes. En la orilla de enfrente, la hilera de torres esbeltas, de cristal y acero, con profusión de anuncios de neón, desparramaban sus luces de colores por las aguas de la bahía tiñéndolas de azules, rojos y amarillos.

En el momento en que llegábamos un gentío impresionante paseaba por el malecón: vendedores de relojes baratos te ofrecían “roles” a 30 yuans (3 €); otros te vendían patinetas con leeds que se iluminan mientras se patina; cometas luminosas, chucherías para los chiquillos; parejas nativas, haciéndose fotos frente al “pirulí”.

Anduvimos por calles ruidosas y muy comerciales, llenas de anuncios luminosos y, al no tener referencia alguna para ir a cenar, tomamos un taxi de regreso al hotel confiando encontrar, por sus alrededores, algún restaurante aceptable.

Lo del taxi hay que explicarlo, pues no pudiéndote entender con el chofer debías darle la dirección del hotel, señalada en una tarjeta del propio hotel, obviamente en mandarín. Aun así el taxista creo que se hizo el loco y nos dio un paseo de más. A pesar de todo la carrera, de casi media hora, nos costó 18 yuans (1,8 €).

Como iba diciendo, el “restaurante” que encontramos cerca del hotel fue un local de comidas pequeño, 12 ó 14 mesas, de cuatro, ocupado casi en su totalidad por autóctonos. Nosotros íbamos cinco personas y para pedir nos dedicamos a señalar con el dedo sobre una carta-mantel individual; había que pagar al hacer la comanda por lo que nos exponíamos a tirar el dinero; pedimos un boll de arroz, huevo frito, unas tiras de carne y verduras braseadas, con cerveza Budbeiser de lata. La comida estaba buena y mi amigo y yo repetimos de cerveza. La cuenta total de los cinco subió a 76 yuanes (7,6 €).

19 octubre 2006

Día 12. Hong Kong


La primera visita del día fue a Bahía Repulse, pequeña playa paradisíaca, con árboles en la arena y algunos rascacielos frente al mar.

En el lugar apenas había más gente que nuestro grupo y es que no hacía tiempo para disfrutar de un baño en el mar, ya que el día salió tristón y algunas finas gotas de agua nos sorprendieron paseando por la blanca arena, encargándose de deslucir las instantáneas.

Frente a la orilla, lamida por la espuma de suaves olas, se podían ver algunas rocas sobresaliendo del mar, lo cual hacía más agradable a la vista el panorama, al romper el monótono gris del cielo reflejado, a su vez, en el océano.

Seguidamente fuimos hasta el Pico Victoria, con sus 550 m. es el punto más alto de la ciudad, desde el que se tiene una vista magnífica de todo el entorno.

La bahía y puerto de la Villa Aberdeen, los rascacielos y montañas circundándola; mala suerte con el clima, pues seguía lloviznando dando al cielo ese color plomizo y monocromático que parece contagiarse al resto de las formas.

Posteriormente, en nuestro autobús, descendimos al puerto de la ciudad para embarcar, en grupos de unas 10 personas, en unas lanchas entoldadas, con asientos corridos junto a ambas bordas, que nos pasearon por el puerto donde ya sólo pueden verse algunos pocos shanpan, que quedan como testigos de lo que en su día fue este tipo de vivienda y que todavía muchos tenemos en la mente, por las imágenes que célebres películas perpetuaron.

La corta travesía por la bocana del puerto, donde alternan los pequeños barcos vivienda con otros barcos de gran tonelaje, atracados para vaciar sus bodegas, o por el contrario, para llenarlas con productos del país, nos hizo vivir momentos mágicos.

Al fondo, en los huecos entre los cascos, se podían ver los rascacielos, dando lugar a que nuestras pupilas se recreasen con las imágenes tan bellas como inolvidables.

Hong Kong fue la única ciudad donde sólo entraba el desayuno, así que fuimos a comer a un restaurante próximo al hotel, bien montado, donde tuvimos la suerte de poder pedir un buen solomillo con guarnición. La carne, en su punto, muy sabrosa. Quedamos muy satisfechos con esta comida “occidental”.

Después de comer descansamos un poco en el hotel y, a media tarde, salimos a dar un paseo por el bulevar de los artistas, situado a la orilla del mar, que imita a la calle del cine de Hollywood, de Los Ángeles. En la acera pueden verse placas con los nombres de prestigiosos artistas y directores de cine chinos.

En el centro del paseo una estatua de Bruce Lee, de tamaño natural, se apresta a defenderse del ataque de invisibles enemigos.

En frente del paseo las majestuosas vistas de La Isla, con sus edificios emblemáticos sacando pecho, diciendo cada uno de ellos “aquí estoy yo”.

Poco a poco el crepúsculo fue haciéndose el dueño del entorno y, primero con timidez y más tarde con altanería, conforme oscurecía, fueron apareciendo las luces de neón de los luminosos, con sus múltiples colores reflejándose en las aguas de la bahía.

Los edificios están “adornados” con guirnaldas, o hileras de líneas luminosas que suelen seguir los contornos más relevantes del edificio: cornisas, entrepisos, la verticalidad, u horizontalidad, de alguna traza bien definida, como columnas y frisos, etc.etc.

Pues bien a las veintidós horas, con noche ya cerrada, comenzó el gran espectáculo de luz y sonido. Mientras por los altavoces, estratégicamente situados, salían las notas de una sinfonía, las guirnaldas de luces y los luminosos se encendían y apagaban siguiendo los compases de la música, como si los edificios se hicieran guiños los unos a los otros.

Miles de personas asistían al evento, desde el paseo de las estrellas, en el Kowloon, el cual debió durar como media hora más o menos.

Posteriormente, hicimos la travesía en un ferry a la isla de Hong Kong, donde se encuentran los magníficos edificios, la zona de bancos y negocios, el trade center hongkonés.

Después de un largo paseo, por galerías interminables que enlazan los altos edificios, regresamos al hotel, tomando de vuelta el mismo ferry que nos había traido.

Esa noche volvimos a cenar en el restaurante de la placita próxima al hotel, y es que realmente resultó ser un sitio muy agradable, con ambiente y animado.

18 octubre 2006

Día 11. Guangzhou – Hong Kong


Guangzhou, o Cantón, llamada Ciudad de las Cinco Cabras, es una gran ciudad, con más de seis millones y medio de habitantes, a los que se añaden otro millón y medio debido a la población flotante; amplia y floreciente, residencia del Doctor Sun Yatsen, líder que derrocó al último emperador de China.

Antes de embarcarnos en el ferry que nos trasladaría a Hong Kong, visitamos la Academia del Clan Chen y el Auditorio del Dr. Sun Yatsen.

La Academia Museo es un complejo de forma cuadrada que cubre una superficie de 15.000 metros cuadrados, formado por 19 edificios sencillos, también cuadrados, en el que destacan la maravilla de las filigranas de sus artesonados, de sus grabados y de sus esculturas de motivos populares, donde se pueden apreciar salas con pinturas y sedas, esculturas y materiales de arte, todo a la venta.

El Auditorio, Memorial Hall, fue construido por los ciudadanos de Guangzhou, incluidos los de ultramar, en conmemoración del dirigente nacional Doctor Sun Yatsen. Situado en un hermoso parque, en el centro de la ciudad, es un testimonio de la Historia de la ciudad.

A la hora convenida estábamos en el puerto, facturando maletas pues aunque, como es sabido, Hong Kong pertenece a la República Popular China desde 1997, al mantener un estatus especial conserva el protocolo de la aduana.

El ferry era un barco moderno, con filas de bancos corridos, donde la gente ocupaba sus plazas. La propulsión debía ser tipo hovercraft, por que apenas se notaba el balanceo por las olas y la travesía, de casi dos horas, se hizo tranquila y sosegada.

Llegábamos a la city con el crepúsculo y una vez desembarcados y recogidas las maletas, nos trasladamos al Hotel Kowloon, situado en la pequeña península del mismo nombre, justo enfrente de la isla de Hong Kong.

El Hotel, muy bien situado, cerca del paseo marítimo, y a quince minutos andando de las calles comerciales, cumplía todos los requisitos para sentirte cómodo y a gusto.

Esa noche dimos un paseo por las calles peatonales donde pudimos ver cantidad de tiendas de marcas de renombre, de los más variados artículos pero predominando las de aparatos electrónicos, cámaras de video, cámaras digitales, etc. Tuvimos una experiencia muy negativa que nos hizo rechazar toda tentativa de adquirir algún aparato de valor y es que por la misma cámara de vídeo, último modelo en España, nos llegaron a pedir, en tiendas diferentes, desde 2.800 yuanes, en la primera, a 6.300 en la última.

Esta diferencia tan abismal (de 280 a 630 €) nos hizo desconfiar de que la cámara más barata pudiera tener la calidad y garantías debidas.

Cenamos en una placita, detrás del hotel, al aire libre, en un pequeño restaurante muy animado y concurrido.

17 octubre 2006

Día 10. Guilin - Guangzhou



Por la mañana, el autobús nos trasladó al lugar en el que se encuentra la Cueva de la Flauta de Caña (Ludi Yan). Esta gruta espectacular es mucho mayor que las conocidas en España: las Cuevas de Nerja, o las de Mallorca. La diferencia más notable que pude apreciar, a parte del tamaño, fue el tipo de las estalactitas y estalagmitas, más definidas en las cuevas españolas que yo he visitado.

Sin embargo la magnificencia de la Cueva de la Flauta de Caña, sólo empañada por los colorines de los neones, a los que tan aficionados son en China, que adornan los diferentes promontorios y salientes, es asombrosa; el recinto llamado palacio de cristal del Rey Dragón puede acoger a unas 1.000 personas.

Por la tarde tomábamos el avión para Guangzhou (Cantón), llegando al anochecer, tras cincuenta minutos de vuelo.

Nos alojamos en el Hotel Landmark, hotel moderno y confortable, situado junto al Río Perla, o río de las Perlas, que con sus 2.200 Km. es el tercer río más largo de China, después del Yangzte y del Amarillo.

Desde nuestra habitación podíamos contemplar una bella panorámica de la ciudad, el río y sus puentes iluminados por la noche.