19 octubre 2006

Día 12. Hong Kong


La primera visita del día fue a Bahía Repulse, pequeña playa paradisíaca, con árboles en la arena y algunos rascacielos frente al mar.

En el lugar apenas había más gente que nuestro grupo y es que no hacía tiempo para disfrutar de un baño en el mar, ya que el día salió tristón y algunas finas gotas de agua nos sorprendieron paseando por la blanca arena, encargándose de deslucir las instantáneas.

Frente a la orilla, lamida por la espuma de suaves olas, se podían ver algunas rocas sobresaliendo del mar, lo cual hacía más agradable a la vista el panorama, al romper el monótono gris del cielo reflejado, a su vez, en el océano.

Seguidamente fuimos hasta el Pico Victoria, con sus 550 m. es el punto más alto de la ciudad, desde el que se tiene una vista magnífica de todo el entorno.

La bahía y puerto de la Villa Aberdeen, los rascacielos y montañas circundándola; mala suerte con el clima, pues seguía lloviznando dando al cielo ese color plomizo y monocromático que parece contagiarse al resto de las formas.

Posteriormente, en nuestro autobús, descendimos al puerto de la ciudad para embarcar, en grupos de unas 10 personas, en unas lanchas entoldadas, con asientos corridos junto a ambas bordas, que nos pasearon por el puerto donde ya sólo pueden verse algunos pocos shanpan, que quedan como testigos de lo que en su día fue este tipo de vivienda y que todavía muchos tenemos en la mente, por las imágenes que célebres películas perpetuaron.

La corta travesía por la bocana del puerto, donde alternan los pequeños barcos vivienda con otros barcos de gran tonelaje, atracados para vaciar sus bodegas, o por el contrario, para llenarlas con productos del país, nos hizo vivir momentos mágicos.

Al fondo, en los huecos entre los cascos, se podían ver los rascacielos, dando lugar a que nuestras pupilas se recreasen con las imágenes tan bellas como inolvidables.

Hong Kong fue la única ciudad donde sólo entraba el desayuno, así que fuimos a comer a un restaurante próximo al hotel, bien montado, donde tuvimos la suerte de poder pedir un buen solomillo con guarnición. La carne, en su punto, muy sabrosa. Quedamos muy satisfechos con esta comida “occidental”.

Después de comer descansamos un poco en el hotel y, a media tarde, salimos a dar un paseo por el bulevar de los artistas, situado a la orilla del mar, que imita a la calle del cine de Hollywood, de Los Ángeles. En la acera pueden verse placas con los nombres de prestigiosos artistas y directores de cine chinos.

En el centro del paseo una estatua de Bruce Lee, de tamaño natural, se apresta a defenderse del ataque de invisibles enemigos.

En frente del paseo las majestuosas vistas de La Isla, con sus edificios emblemáticos sacando pecho, diciendo cada uno de ellos “aquí estoy yo”.

Poco a poco el crepúsculo fue haciéndose el dueño del entorno y, primero con timidez y más tarde con altanería, conforme oscurecía, fueron apareciendo las luces de neón de los luminosos, con sus múltiples colores reflejándose en las aguas de la bahía.

Los edificios están “adornados” con guirnaldas, o hileras de líneas luminosas que suelen seguir los contornos más relevantes del edificio: cornisas, entrepisos, la verticalidad, u horizontalidad, de alguna traza bien definida, como columnas y frisos, etc.etc.

Pues bien a las veintidós horas, con noche ya cerrada, comenzó el gran espectáculo de luz y sonido. Mientras por los altavoces, estratégicamente situados, salían las notas de una sinfonía, las guirnaldas de luces y los luminosos se encendían y apagaban siguiendo los compases de la música, como si los edificios se hicieran guiños los unos a los otros.

Miles de personas asistían al evento, desde el paseo de las estrellas, en el Kowloon, el cual debió durar como media hora más o menos.

Posteriormente, hicimos la travesía en un ferry a la isla de Hong Kong, donde se encuentran los magníficos edificios, la zona de bancos y negocios, el trade center hongkonés.

Después de un largo paseo, por galerías interminables que enlazan los altos edificios, regresamos al hotel, tomando de vuelta el mismo ferry que nos había traido.

Esa noche volvimos a cenar en el restaurante de la placita próxima al hotel, y es que realmente resultó ser un sitio muy agradable, con ambiente y animado.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy descriptiva la página y bonitas fotos. Saludos

Anónimo dijo...

El relato del journey muy poético, las fotos impresionantes.
Saludos

Anónimo dijo...

que buena idea! enhorabuena y gracias por compartir fotos información y vivencias.

Anónimo dijo...

Fabuloso Hong Kong. Sencillamente impresionante

Anónimo dijo...

Es como en las películas pero la has sabido adornar con tus aclaraciones.
Guai