Día 13. Hong Kong – Shanghai
Este día lo destinamos prácticamente al viaje, pues por el hecho de tener que facturar el equipaje y tener que pasar la aduana, el tiempo destinado a estos menesteres hizo que mermara el dedicado a pasear por la ciudad. No obstante aún tuvimos tiempo de volver por las calles comerciales, comprar unas corbatas de seda y dar un último adiós a la isla de Hong Kong desde el bonito paseo de Kowloon, frente a la misma.
Llegábamos a Shanghai al atardecer, habiendo comido en el avión, yendo directamente al hotel donde quedamos registrados e instalados.
Debo decir que la entrada a la ciudad, desde el aeropuerto, al contrario que en Beijing, me sorprendió negativamente pues el dominante que se apreciaba eran las autovías a varios niveles y edificios industriales y antiguos, con bastante desaliño en sus fachadas.
El Hotel HOME de Shanghai ha sido el suspenso, en lo que a hoteles se refiere, que se le puede dar a TravelPlan. El lobby, o vestíbulo, por su tamaño más se parecía al de una pensión que al de un hotel; si bien el dormitorio era aceptable el baño, moderno y con detalles, era minúsculo e incómodo; no tenía restaurante, aunque había un salón habilitado para los desayunos tipo buffet; la situación del mismo fatal ya que no había posibilidades de encontrar un restaurante medianamente clasificado, en sus alrededores.
La tarde noche de llegada tomamos un taxi, por cierto muy baratos, y le pedimos que nos llevara al Bund, el Wall Street de Shanghai, la zona antigua a orillas del río Huangpu, donde los edificios señoriales de la época pasada, bellamente iluminados, se apoderan de la atención de los viandantes. En la orilla de enfrente, la hilera de torres esbeltas, de cristal y acero, con profusión de anuncios de neón, desparramaban sus luces de colores por las aguas de la bahía tiñéndolas de azules, rojos y amarillos.
En el momento en que llegábamos un gentío impresionante paseaba
por el malecón: vendedores de relojes baratos te ofrecían “roles” a 30 yuans (3 €); otros te vendían patinetas con leeds que se iluminan mientras se patina; cometas luminosas, chucherías para los chiquillos; parejas nativas, haciéndose fotos frente al “pirulí”.
Anduvimos por calles ruidosas y muy comerciales, llenas de anuncios luminosos y, al no tener referencia alguna para ir a cenar, tomamos un taxi de regreso al hotel confiando encontrar, por sus alrededores, algún restaurante aceptable.
Lo del taxi hay que explicarlo, pues no pudiéndote entender con el chofer debías darle la dirección del hotel, señalada en una tarjeta del propio hotel, obviamente en mandarín. Aun así el taxista creo que se hizo el loco y nos dio un paseo de más. A pesar de todo la carrera, de casi media hora, nos costó 18 yuans (1,8 €).
Como iba diciendo, el “restaurante” que encontramos cerca del hotel fue un local de comidas pequeño, 12 ó 14 mesas, de cuatro, ocupado casi en su totalidad por autóctonos. Nosotros íbamos cinco personas y para pedir nos dedicamos a señalar con el dedo sobre una carta-mantel individual; había que pagar al hacer la comanda por lo que nos exponíamos a tirar el dinero; pedimos un boll de arroz, huevo frito, unas tiras de carne y verduras braseadas, con cerveza Budbeiser de lata. La comida estaba buena y mi amigo y yo repetimos de cerveza. La cuenta total de los cinco subió a 76 yuanes (7,6 €).


2 comentarios:
La verdad es que, como "viajera en tierra" que soy muy a pesar, sólo puedo decir...¡qué envidia!.
Maravilla de Hong Kong, Y de Shanghai qué... lástima que el hotel no te fuera aunque a mi no me importaría ir a una pensión a cambio de ver lo que tu has visto.
Así que no te quejes, que te llamaremos quejicas
Un saludo
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