Día 2. Beijing
Aterrizamos en Beijing sobre las 12h. horario local, y después de despachar en la aduana nos recogió una guía, Hoja Bonita, traducción de su nombre chino según nos dijo la propia, pero se quedó en Alicia para el grupo; china ella de 26 años, menuda y graciosilla, agradable y con un español bastante apañado aprendido en academia china. El grupo lo formábamos 41 personas de prácticamente todos los rincones de España pues a parte de Zaragoza, por mi mujer y yo, los
había vascos, catalanes, madrileños, andaluces, gallegos, de Canarias, Baleares y una mujer que viajaba sola, de Alicante, y que fue la única a la que perdieron la maleta el día de llegada. Era un grupo heterogéneo, en el que había componentes de diversas edades: padres con hijos quinceañeros; jóvenes de 25 a 30 años; maduros, sobre los 55 y mayores, formando un conjunto bien avenido, muy viajado (casi todos teníamos varios lugares comunes visitados), con mucho humor y sin discrepancias notables por lo que hay que decir que, en este aspecto, todo fue sobre ruedas.
Embarcamos las maletas en el bus dispuesto para nosotros y sin más dilación empezamos el periplo por China.
El aeropuerto se encuentra conectado a la capital Beijing, por medio de una autovía de tres carriles en cada sentido, de cerca de 30 Km., alumbrada toda ella, y con jardines cuidados con gran esmero donde el verde, en dos tonos, entremezclado con algunas plantas y flores, corría en paralelo a lo largo de toda la autopista. El tiempo no acompañaba demasiado pues, además de un calor
pegajoso y húmedo, amenazaba lluvia haciéndonos temer que se desluciría el color de las fotografías que todos deseábamos tomar al presentar el cielo ese gris monocorde, indefinido y sin trazas, además de una espesa bruma en el horizonte.
El trayecto se hizo con tranquilidad aunque a medida que nos acercábamos a la ciudad el tráfico era mas denso y nuestro bus se veía rodeado de modernos automóviles de las marcas europeas y japonesas de mayor renombre. Las amplias
avenidas empezaron a hacer su aparición, bordeadas por edificios de arquitectura vanguardista, de diseño valiente y luminoso, lo que añadía un punto de encanto al paisaje urbano. Ya en la ciudad, junto a los automóviles empezaron a proliferar las bicicletas gobernadas por ciclistas envueltos en sus impermeables para la lluvia, de los más variados colores; algunos incluían la sombrilla, que les vale para protegerse tanto de la lluvia como del sol, (las mujeres chinas no gustan de estar morenas y protegen su rostro, e incluso brazos y manos
con manguitos y guantes).
Como los retrasos habían trastocado los horarios comenzamos sin más demora por la visita al Templo del Cielo, lugar donde los emperadores de las dinastías Ming y Quing hacían sus ofrendas y sacrificios. Para llegar al mismo se atraviesa un corredor, rodeado por amplios jardines, decorado con artesonado y vigas policromados, de colores tan vivos y ricos que parece que se hayan acabado de pintar. Este corredor está ocupado normalmente por
gente mayor, que pasa el rato en grupos: unos juegan a las cartas, otros a una especie de dominó, con muchas más piezas que nuestro clásico y con signos extraños; también hay quienes forman grupos musicales, que tocan diversos instrumentos, algunos realmente raros. Debo decir que todo está impoluto, y daba la impresión de que acabaran de pasar el trapo del polvo hasta por los alfeizares de los ventanales, pues la laca roja brillaba inmaculada.
El Templo del Cielo es una construcción formada por tres pisos
cilíndricos, en forma de platillos volantes, con diámetros en disminución de la base hasta la cúpula. La decoración es geométrica, salpicada con imágenes de pequeños dragones, con vivos colores, destacando los rojos, azules, verdes y el pan de oro. A este edificio se accede mediante unas escalinatas de mármol, preciosamente trabajadas. Se construyó en 1.420 y es considerado Patrimonio de la Humanidad.
Después de la visita fuimos a comer a un restaurante chino, elegante y
bien montado. Era nuestra primera comida autóctona y a todos nos embargaba la curiosidad. Las mesas, redondas, estaban dispuestas para 10 ó 12 comensales; en el centro había un gran plato de cristal, concéntrico a la mesa, de diámetro menor y giratorio, sobre el que el servicio fue depositando los diferentes cuencos y fuentes con comida: verdura, pasta, pescado, alitas de pollo, arroz, algunos fritos, la incuestionable sopa, el postre, generalmente a base de algún dulce y sandía. Frente a cada comensal había dispuesto un plato, una taza con su peculiar cucharilla de loza, y cuchillo y tenedor, amén de los clásicos palillos para quien quisiera probar a utilizarlos. El primer vaso de bebida
entraba con la comida: agua, refrescos, cerveza. La cerveza local es bastante agradable por lo que en el tiempo que duró el viaje prácticamente sólo tomé cerveza china. La botella de medio litro, costaba entre 12 y 20 yuans (unos 1,2 ó 2 €) dependiendo del restaurante. La comida es agradable, al menos para mi que gusto probar de todo, o de casi todo; las verduras y pastas las sirven “al dente”, y la pasta es deliciosa. Las salsas las hay que van más o menos a nuestro paladar: agridulces y picantes, y algunas ricas, ricas.
Finalizada la comida fuimos al Hotel TianTan, hotel de 4*, amplio lobby, correctas las habitaciones y aseos, buen servicio de restaurante y bien situado dentro de lo que es el “centro” inmenso de la ciudad de Beijing; nos registramos y ocupamos con ganas las habitaciones con el fin de darnos una ducha reparadora y asearnos tras casi 28 horas después de haber salido de Zaragoza. Pienso que este es un punto flaco del programa de Travelplan pues, sinceramente, creo que debe haber otra solución que evite al viajero tan exagerado número de horas sin aseo ni descanso. Esa noche cenamos un sándwich en el bar del mismo hotel.



2 comentarios:
Muy descriptiva la información y muy bonitas las fotos. Enhorabuena
Tanto las fotos como los comentarios de la journey me han encantado.
Felicitaciones
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