Día 4. Beijing
Hoy amaneció el día radiante y después del copioso desayuno subimos al bus que nos había de conducir a La Gran Muralla. Al cabo de unos 70 Kilómetros, el vehículo nos dejó en un punto de fácil acceso a la Muralla, concretamente en Badaling, donde había
cantidad de tiendas de souvenirs, bares y hoteles. En uno de estos hicimos la comida.
La Gran Muralla es una de esa obras que, al igual que las Pirámides de Ghiza, desafía a la razón por su magnitud, más de 6.700 Km. Pensando cómo tuvieron que trabajar en aquellos parajes, subiendo y bajando pendientes que luego nosotros comprobamos y que suponían un gran esfuerzo de equilibrio poder mantenerte erguido, dada la inclinación de las mismas, cargados con los útiles y materiales, arrastrando miles de piedras,
soportando las inclemencias del tiempo y así durante años, es algo que desafía la razón. La vista se pierde en el horizonte junto con la silueta, recortada en la cresta de las colinas y montañas y que se va empequeñeciendo paulatinamente, del kilométrico muro. La anchura de la calzada, por donde paseábamos los turistas, debía ser de unos 5 metros y durante todo el recorrido visible se contemplaba llena de visitantes, la mayoría chinos que aprovechaban sus vacaciones de verano.
Después de subir y bajar, en un sentido y en otro de la zona de inicio,
decidimos tomarnos una cerveza helada en uno de los bares al pié de la muralla, antes de pasar a comer.
La comida se diferenció de las anteriores en que fue a base de buffet, con variadas opciones, pasta, verduras, carne y pescado, pollo, guarnición para ensaladas, sopa, etc.
Por la noche, ya en Beijing y por libre, fuimos a una calle peatonal llena de chiringuitos que preparaban comida de todo tipo. Allí
tuvimos la ocasión de ver pinchitos de gambas, de gusanos de seda, de piel de serpiente retostadita; algún valiente del grupo se atrevió a probarlos, asegurando que estaban buenos. El ambiente era de lo más pintoresco; los guisos y fritos se hacían en el momento y la calle se llenaba del vapor y humos de aceites, con los olores típicos de los condimentos; el griterío de los vendedores ofreciendo sus viandas recién preparadas junto con los empujones de los nativos que querían acercarse a alguno de los puestos para hacer su pedido. Los chinos empujan siempre, y no lo sienten como
una falta de educación (de hecho nunca se excusan), según nos explicaron, si no que es por costumbre porque siendo tantos, en todos los sitios, no tienen más remedio que intentar adelantarse o de lo contrario se quedan fuera. Quiero añadir que las cocineras y cocineros de aquellos chiringuitos iban muy pulcras y limpias con lo que se podía eliminar el recelo de lo espeso.
Sin embargo mi mujer y yo, y un matrimonio con su hija, acabamos comiendo en un Pizza Hut, situado en una calle transvers
al, donde quedamos más que satisfechos.
Terminamos la noche, algunos del grupo, tomando una copa en una zona con marcha, situada a orillas del lago Kunming. Este lugar enlazaba restaurantes y bares de copas, unos junto a los otros, en una sucesión interminable, situados en una franja que circunvalaba una de las orillas del lago, todos muy concurridos con cantidad de gente departiendo animadamente mientras apuraban sus bebidas.
La situación del lugar era estratégica y nos permitió disfrutar de un agradable relax contemplando la vista nocturna del lago y de sus orillas iluminadas.



3 comentarios:
Vaya pasada de Chinos
Bonitas perspectivas aunque poco claras
Bien, requetebien. Parece una novelita de viajes.
Enhorabuena
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